Opinión | Mundial 2026
Colombia volvió a fracasar cuando tenía que demostrar grandeza
Colombia quedó eliminada del Mundial 2026 tras empatar 0-0 ante Suiza en 120 minutos y perder 4-3 en la tanda de penales. Fue una caída dolorosa, pero no sorpresiva para quienes venían advirtiendo que esta Selección tenía talento, sí, pero también muchos problemas sin resolver. Colombia tuvo 15 remates, pero no logró convertir, y Néstor Lorenzo reconoció que la falta de eficacia terminó costando la eliminación.
Suiza no aplastó a Colombia. Simplemente fue más seria, más fría y más efectiva cuando llegó el momento decisivo. El equipo europeo avanzó por penales y consiguió su primera clasificación a cuartos de final de un Mundial desde 1954.
Colombia, en cambio, volvió a quedarse con el discurso de “competimos”, “lo intentamos” y “faltó meterla”. Pero un Mundial no se gana con buenas intenciones. Se gana con goles, decisiones valientes y jugadores que aparezcan cuando la presión quema.
Néstor Lorenzo se casó con James Rodríguez
Néstor Lorenzo recuperó competitividad para Colombia, pero este Mundial dejó una sensación difícil de ocultar: el técnico se casó con James Rodríguez.
James es historia grande de la Selección. Nadie puede borrar lo que hizo en 2014 ni el lugar que ocupa en el fútbol colombiano. Pero este Mundial no se jugaba con recuerdos. Se jugaba con presente, intensidad y rendimiento.
Lorenzo insistió con James como titular cuando el equipo muchas veces pedía otra velocidad. Colombia necesitaba más ritmo, más movilidad, más agresividad entre líneas. Sin embargo, el entrenador pareció demasiado comprometido con sus favoritos.
Ahí aparece una crítica fuerte: Lorenzo parece una persona noble, cercana al grupo, pero demasiado permisiva. Y en el fútbol moderno eso no alcanza. Un técnico de selección no está para consentir nombres. Está para tomar decisiones duras, aunque duelan.
James ya no puede ser intocable
James Rodríguez merece respeto, pero ya no puede ser el centro del proyecto.
En este Mundial no fue el jugador determinante que Colombia necesitaba. No cambió la historia en los partidos grandes, no lideró futbolísticamente al equipo hacia cuartos y no tuvo el impacto que se esperaba de un futbolista que seguía siendo tratado como pieza principal.
El problema no es solo James. El problema es que Colombia todavía parece atrapada en lo que James fue, no en lo que el equipo necesita hoy.
Una selección grande no puede vivir del pasado.
Quintero entraba y el partido cambiaba
Lo más llamativo fue que, cuando salía James e ingresaba Juan Fernando Quintero, Colombia encontraba otra energía.
Quintero daba pausa con intención, pase filtrado, remate de media distancia y una lectura distinta del juego. No siempre alcanzaba, pero el equipo se veía más vivo.
Entonces la pregunta es inevitable: si Quintero cambiaba el partido, ¿por qué no tuvo más protagonismo desde el inicio?
En un Mundial no se puede esperar hasta que el partido esté muriendo para hacer lo que parecía evidente.
Luis Díaz desapareció cuando Colombia más lo necesitaba
Luis Díaz llegaba como el jugador llamado a ser el héroe.
Era el hombre del desequilibrio, la figura internacional, el futbolista que debía romper partidos cerrados. Pero ante Suiza no apareció en la dimensión que Colombia necesitaba.
Las grandes figuras se miden en partidos grandes. Y esta vez Luis Díaz quedó en deuda.
Colombia necesitaba una jugada suya, una diagonal, un gol, una asistencia, una aparición que cambiara la historia. Pero Suiza lo controló, lo alejó de las zonas de daño y nunca permitió que se convirtiera en protagonista real.
Colombia sigue sin delanteros para estos partidos
El problema más grave sigue siendo el mismo: Colombia no tiene un delantero que defina partidos grandes.
Puede tener posesión, puede competir, puede emocionar, pero cuando llega el momento de matar el partido no aparece ese goleador que con media oportunidad cambia la historia.
Contra Suiza volvió a pasar. Colombia remató, buscó, insistió, pero no marcó. Y en una Copa del Mundo, no hacer goles es una condena.
Resulta increíble que un país con tanto talento, tantas escuelas de fútbol y una liga profesional siga sin producir o consolidar un nueve capaz de decidir este tipo de partidos.
Lucumí al palo, Campaz en los últimos minutos y una historia que se escapó
Jhon Lucumí tuvo una opción clarísima con un cabezazo que terminó en el palo. Esa jugada pudo cambiar el partido.
Después, en los últimos minutos, llegó la oportunidad de Jaminton Campaz. Era la jugada para evitar los penales y meter a Colombia en cuartos de final. Pero la definición no apareció.
Campaz no puede cargar solo con la eliminación. Pero su jugada resume el problema de fondo: ¿cómo terminó Colombia dependiendo de Campaz para salvar el Mundial?
Eso habla de una Selección sin respuestas, sin delanteros decisivos y sin figuras que asumieran el peso cuando el partido estaba para ganarlo.
Los bailes de Mojica también dejaron debate
La alegría colombiana no se discute. Hace parte de la identidad del país.
Pero las imágenes de Johan Mojica bailando antes de los partidos generaron críticas después de la eliminación. No porque bailar sea un delito deportivo, sino porque cuando una Selección no responde en la cancha, todo lo que ocurre antes se mira con otros ojos.
Cuando se gana, esas imágenes parecen folclor.
Cuando se pierde, parecen desconcentración.
Colombia debe preguntarse si realmente llega a estos partidos con mentalidad de candidata o si todavía vive demasiado cómoda en el ambiente, el show y la emoción previa.
Menos comerciales y más concentración
Otro tema que debe revisarse es todo lo que rodea a la Selección en las concentraciones.
Cada vez que Colombia se reúne para un partido importante, los jugadores parecen tener que grabar comerciales, hacer campañas, posar para patrocinadores y cumplir compromisos publicitarios.
Eso hace parte del negocio del fútbol moderno, sí. Pero también es legítimo preguntar si el equilibrio está bien manejado.
Una Selección que quiere ser grande debe proteger su concentración. La prioridad no puede ser la publicidad. La prioridad debe ser competir, entrenar, descansar, estudiar al rival y llegar mentalmente fuerte.
No se puede hablar de grandeza si alrededor del equipo parece haber más ruido comercial que exigencia deportiva.
El dinero de Lorenzo exige resultados
Néstor Lorenzo gana un salario importante como técnico de Colombia. Y cuando una federación invierte fuerte en un entrenador, debe exigir resultados fuertes.
No basta con clasificar.
No basta con competir.
No basta con decir que el equipo jugó bien.
El verdadero examen de un técnico de selección llega en los partidos de eliminación directa. Y contra Suiza, Lorenzo no encontró respuestas. Los cambios no modificaron el partido, los favoritos siguieron pesando demasiado y Colombia volvió a morir por falta de gol.
Si el dinero está bien invertido, debe verse en decisiones, liderazgo y resultados.
Este Mundial dejó demasiadas dudas.
También debe haber renovación en la Federación
La crítica no puede quedarse únicamente en el técnico o los jugadores.
También debe mirar hacia la Federación Colombiana de Fútbol.
Ramón Jesurún lleva años al frente del fútbol colombiano y es válido preguntarse si la Selección necesita una renovación también desde los escritorios.
Si Colombia quiere ser una selección grande, necesita estructuras grandes. Necesita dirigentes con visión moderna, exigencia deportiva y capacidad para construir un proyecto que no dependa de nombres, favores, recuerdos o intereses comerciales.
No se puede aspirar a ganar un Mundial si no se revisa todo el sistema.
Sin consentidos, sin intocables y sin excusas
Colombia necesita una Selección donde nadie juegue por decreto.
Ni James por historia.
Ni Luis Díaz por cartel.
Ni ningún jugador por ser favorito del técnico.
La camiseta debe ser para el que mejor esté. Para el que tenga hambre. Para el que pueda responder bajo presión.
El día que Colombia deje de tener consentidos, deje de proteger intocables y empiece a tomar decisiones exclusivamente deportivas, ese día será diferente.
Colombia necesita una revolución futbolística
El recambio ya no puede esperar.
Colombia necesita nuevos líderes, delanteros con gol, técnicos con valentía y una Federación que entienda que el fútbol moderno exige mucho más que campañas publicitarias y discursos de optimismo.
El país tiene talento.
Tiene hinchada.
Tiene jugadores.
Pero necesita carácter.
Necesita una mentalidad ganadora.
Necesita dejar de conformarse con competir y empezar a obsesionarse con ganar.
Porque el Mundial no premia la nobleza.
No premia los bailes.
No premia los comerciales.
No premia los nombres históricos.
El Mundial premia a los equipos que hacen goles, toman decisiones valientes y aparecen cuando todo un país los necesita.
Y esta Colombia, otra vez, no apareció.
